Následující text není historickou studií. Jedná se o převyprávění pamětníkových životních osudů na základě jeho vzpomínek zaznamenaných v rozhovoru. Vyprávění zpracovali externí spolupracovníci Paměti národa.

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Nora Strejilevich (* 1951  )

Writing protects me

  • Born on 17th December, 1951 in Buenos Aires
  • A writer and a high-school pedagogue of a Jewish origin
  • During the last Argentinian dictatorship she was suspected by security forces in 1977 and was shortly kept in a concentration camp nicknamed the Club Atlético; after release she left for Canada
  • In 1991 - 2011 gave lectures at the Northern American universities
  • In her subjects she focuses on artistic genre of witness
  • an author of short stories, poems and essays; her experimental novel Una sola muerte numerosa (1997, A single numerous death) was translated to English and German, was adapted as a theatre play and today is a part of a part of the curriculum at universities in Argentina, Columbia, Chile, Mexico, Brazil, Germany, Austria, Italy and Francie.

Cuando uno lee su novela, Una sola muerte numerosa, puede tener la impresión que, antes del golpe militar, su juventud estaba marcada por un gran activismo político.

No lo diría así: yo iba a manifestaciones, lo que hoy se puede considerar activismo, pero en aquella época, si uno no estaba involucrado en una organización política no era considerado militante. Sin embargo, para el Estado terrorista quien tuviera pensamiento crítico era un enemigo, y además la selección de víctimas no era precisa. Lo que ellos definían como subversión abarcaba un amplio espectro porque el objetivo era, fundamentalmente, acabar con los movimientos contestatarios y con la posibilidad del surgimiento, a futuro, de un rebelde.

Mi hermano y su pareja estaban más involucrados, mis primos hermanos desaparecidos también. Para ellos era más difícil partir porque, de acuerdo al ideario de compromiso de la época, había un parentesco entre escapar y traicionar.

¿Usted sabía que militaban en un grupo armado?

No sabía si estaban en Montoneros o en la Juventud Peronista, tampoco sabía qué nivel de compromiso tenían.

En su libro me sorprendió la forma, entre otras cosas también ciertos toques de humor que en el contexto de secuestros y torturas resultan un poco imprevistos.

Para afrontar el tema necesitaba justamente humor e ironía. No se habla mucho sobre este tema, pero humor había incluso en los campos: algunos sobrevivientes todavía cuentan anécdotas sobre esos años que siguen resultando risueñas. Se entiende que en los centros clandestinos el humor estaba prohibido y no era moneda corriente, por eso el escaso humor viable (sobre todo negro) ayudaba a sobrevivir: era una forma de resistencia en un medio que buscaba anular a los detenidos y a cosificarlos.

Por otro lado, en mi libro están también las voces de los represores que cometieron los peores crímenes. Al situarlas como títulos de secciones donde hablan los sobrevivientes de sus experiencias procuro que el lector asuma las palabras de los genocidas con distancia irónica y crítica. Por ejemplo, después del título “No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina”, frase dicha por el Almirante Emilio Massera en 1976 aludiendo a los crímenes que, desde su perspectiva, cometía la guerrilla urbana, el primer capítulo describe mi secuestro en manos de un “Comando Conjunto”, es decir, de un grupo de tareas formado por militares y policías que allanaba casas y secuestraba gente inerme. En otras palabras, mi testimonio contradice lo afirmado por el militar y lo torna ridículo a la par que muestra el accionar criminal silenciado en su discurso.

El libro tiene una composición fragmentaria, se compone de varios niveles temporales, voces, estilos… ¿Cómo evolucionó?

Empecé a escribir en Canadá cuando tomaba un curso que se llamaba Autobiografía. El profesor nos dio la opción de redactar un ensayo o una autobiografía. Yo elegí la segunda y me incentivó a que siguiera.

Tenía entonces escrita una breve autobiografía, resumida en escenas de distintos momentos de mi vida y mi genealogía que incluí en Una sola muerte numerosa, pero lo nodal de esa historia, lo que me impulsaba a escribirla, era que formaba parte de un proceso mucho más amplio, que me superaba y que había arrasado a mi generación. Por lo tanto, se me ocurrió volver a la Argentina para escuchar y grabar el testimonio de todo tipo de personas afectadas por la última dictadura. Considero que nuestra sociedad es una sociedad sobreviviente, que la dictadura nos marcó a todos. Para trasmitir esto fui creando una suerte de coro de voces que van dando cuenta de cómo vivieron este arrasamiento distintos sectores sociales.

Un día me fui de Canadá con un grabador y vine a recorrer la Argentina. No vine tanto para juzgar políticamente lo que había pasado, sino para ampliar el registro y compartir mi experiencia. Si formás parte de una comunidad y tenés a alguien que te escuche, eso te cambia la vida. Y es lo que efectivamente pasó: me quedaba con las personas que quería entrevistar y conversaba con ellas de una manera informal. Primero les decía lo que me había pasado a mí (así sabían que conmigo se podían abrir) y luego me contaban lo que habían sufrido: daban su testimonio por primera vez en su vida.

¿Les ayudó?

Muchísimo. No paraban, tenían una gran necesidad de hablar.

¿Así que en el libro nada está inventado?

No. Están las voces que escuché, no las inventé. Y al situarlas en el texto e hilvanarlas con mi historia evito plantear opiniones: mi actitud ante lo acontecido se refleja mediante la estructura, no en lo que digo.

¿Considera su libro más bien un documento o una ficción?

Es ficción y no lo es. Es una novela experimental, un género liminal entre novela y periodismo, un cuadro histórico-social de época basado en datos reales, un híbrido o un omnívoro (palabra que se le ocurrió a una investigadora chilena) porque roba de distintos géneros. Yo lo considero literatura testimonial. Hay testimonios, recortes de diarios, citas de libros… Conjugué todos estos recursos con un lenguaje poético y creé un montaje particular en el que, como has dicho, aparece todo fragmentado: uno no puede saber dónde termina una historia y dónde empieza otra; eso lo hice intencionadamente para representar la ruptura que se produce con un genocidio. Uno acaba desorientado, las relaciones y las vidas, desgarradas.

En cuanto di con la forma de engarzar las voces de modo que encarnaran la atmósfera de una sola muerte numerosa, di por terminado el libro y decidí mandarlo a un concurso.

… y lo ganó.

Sí, el libro fue premiado en los Estados Unidos y allí se publicó, pero en circunstancias desafortunadas en cuanto a la posibilidad de difusión en la Argentina. Se lanzó fuera del país, en los años 90, cuando acá se había declarado el indulto a los comandantes de las juntas militares que habían sido juzgados y condenados en 1985, y a las editoriales no les interesaba tanto publicar libros sobre lo vivido en la sociedad y en los campos de concentración bajo el terrorismo de Estado. Recién en 2005 una editorial de Córdoba, Alción, se interesó y publicó dos ediciones, aunque de tiraje mínimo. Se lo agradezco enormemente porque, además, el libro está muy bien hecho. Si bien quería ser leída en mi país, acá casi no me conocen porque estas ediciones no alcanzaron a difundirse: la novela se adaptó a teatro, se tradujo al inglés y al alemán y próximamente al italiano: tuvo más éxito en el extranjero.

¿Esperaba despertar las conciencias?

En aquella época el tema ya se había estudiado y difundido bastante y yo no tenía información para denunciar hechos nuevos; la trama de lo vivido fue surgiendo, sobre todo, en los juicios públicos que se han llevado a cabo desde 2003, donde los testigos fueron expandiendo lo que se sabía de la vida en los campos. Pero mi objetivo era otro: impedir que se borrara lo que había pasado y darle forma artística para que el lenguaje nombrara la intimidad del horror; traducirlo de alguna manera, para los otros y para mí misma. Para poder asimilarlo.

Es difícil saber por qué la sociedad argentina no quería y todavía no quiere escuchar ciertas cosas. En parte quizás por sentirse culpable, porque mucha gente dio vuelta la cara: sabía lo que pasaba, pero no hacía nada, no reaccionaba. Es cierto que el horror paraliza, pero también es cierto que un importante sector de la clase media argentina, en ese entonces, consideró que los militares eran los únicos capaces de salvar a la patria del “caos”, es decir, de los movimientos de resistencia política. El fenómeno es universal y no es la primera vez que sucede en relación a catástrofes provocadas por el ser humano. Mucha gente trata de evitar confrontarse con temas acuciantes, que son los esenciales, y prefiere pensar que por algo será que algunos son secuestrados, que algo habrán hecho.

Y retomando tu pregunta, no hay que olvidar que la institución literaria todavía se resiste a darle legitimación a las historias escritas por sobrevivientes. El problema que se presenta es que algunos novelistas, al basarse en testimonios interpretados por ellos, difunden nociones sobre la vida en los campos y sobre las actitudes de quienes tuvieron que buscar la forma de sobrevivir “adentro” que cultivan prejuicios compartidos por la sociedad. Hablan de colaboración cuando no entienden cómo funcionaba la zona gris que tan bien describiera Primo Levi. Por eso es que la versión de los que vivieron esas experiencias, a mi juicio, es tan importante.

¿A qué se refiere?

Hay escritores que suscriben a una hipótesis literaria definida por Rodolfo Walsh según la cual la literatura se puede convertir en un arma política. Cuando la ficción supera a la realidad es hora de contar la realidad como ficción, siguiendo métodos del periodismo de investigación para crear una obra literaria. Si bien Walsh fue un maestro y el creador de lo que luego se llamó, en los Estados Unidos, nuevo periodismo, hay otros autores que se inscriben en esa línea, pero falseando matices cruciales de lo acontecido. Miguel Bonasso, por ejemplo, en su novela Recuerdo de la muerte, dice plasmar una realidad novelada, pero lo hace sin cuestionar ciertos prejuicios, como el de los sobrevivientes equiparados, en su mayor parte, con traidores.

¿Qué significa en concreto?

El sobreviviente siempre tiene un lugar difícil, se sospecha de él: ¿qué hizo para que lo liberaran, si todos los demás están desparecidos? Al comienzo de la posdictadura esta sospecha estaba muy difundida y todavía sigue vigente en muchos sectores de la sociedad. Por ejemplo, en El fin de la historia de Liliana Heker, la narradora también juzga a su amiga desaparecida con la misma vara. Se trata de una tremenda simplificación que le ahorra a ella y a los lectores el esfuerzo de entender el universo concentracionario.

Bonasso o Heker tienen derecho a interpretar la historia a su modo y a crear personajes, pero cuando una literatura se basa en una experiencia trágica que afecta a una comunidad de forma radical, es justo que quienes vivieron esa historia les reclamen a los autores que, si escriben sobre ellos y si se basan en sus testimonios, respeten lo dicho por ellos incluso en sus matices. Bonasso cuenta también la historia de un desaparecido que arriesgó su vida para salvar a la dirigencia montonera, o sea que incluye la historia de un héroe, pero es la excepción dentro del magma de muertos en vida que construye. Y los sobrevivientes, incluso el que le contó su historia al escritor, Jaime Dri, afirman no haber juzgado con esa vara a sus compañeros de cautiverio. Porque el sobreviviente entiende que todos eran víctimas de un método destinado a despersonalizar, y también es capaz de detectar diversas formas de sobrellevar la tortura. No corresponden el blanco y el negro sino, como dijera Primo Levi, el gris para pintar esa zona; y si no revelás ese gris, que a la vez es multifacético, transmitís una visión binaria de lo acontecido que termina por arraigar prejuicios en lugar de estimular la crítica. Al novelista que se hace cargo de narrar un genocidio le puedo cuestionar su forma de hacerlo. En este sentido es importante que Pilar Calveiro, en su famoso ensayo Poder y desaparición, diera a conocer el mundo de los centros clandestinos y mostrara que allí había resistencia, factor que también mencionan otros testimonios escritos por sobrevivientes, como Desaparecido, de Mario Villani y Fernando Reati.

Esos pocos días que vivió en el centro clandestino cambiaron su vida para siempre. ¿No le vuelven memorias traumáticas?

No. Si bien uno nunca se sobrepone del todo, y si bien cada uno lidia con aquella vivencia de forma distinta, me ayuda mucho haber trabajado ese tema toda mi vida, declarado en los juicios y para el informe Nunca más.

Ya en 1977, después de haberme ido de Argentina me puse a escribir poesía para poder elaborar esta experiencia. Más tarde mi libro me ayudó a poner una distancia emocional en relación a ese dolor siempre presente, es decir, que puedo ahora lidiar con el legado del Mal sin hacerme daño. La escritura me protege.

¿Ha habido otros puntos de contacto entre la realidad y su libro?

En los años de indulto participé, con otros ex detenidos desaparecidos, en un encuentro de memoria en el Club Atlético. Los organizadores nos pidieron que habláramos y yo leí la primera página de mi libro, es decir, el relato de mi secuestro. El libro ya había sido premiado pero todavía no se había publicado y aquel acto fue tan significativo para mí que cambié el final. Sentí que ese era el cierre del relato. Me di cuenta que la escritura y la lectura de ese testimonio en ese lugar me transformaba en testigo y en sobreviviente, que ya no era víctima. Era una victoria sobre el destino que nos habían querido imponer. Estábamos ahí, presentes, recordando a los ausentes y transmitiendo nuestra historia en nuestros términos y con nuestras palabras. Revertíamos lo que la tortura había pretendido hacer con nuestras voces: anularlas para que en lugar de ellas flotaran gritos y datos.

Hasta hoy ha declarado en dos procesos, en el juicio a la ESMA y al Club Atlético. ¿Qué sentía cuando se confrontó con los ex torturadores?

Yo estaba tranquila. En el caso del Club Atlético recién ahora, 39 años después de mi secuestro, preferiría declarar frente a los genocidas, pero este juzgado los autoriza a no estar presentes, algo que va en contra de la voluntad de los testigos. Los quisiera ver como los vi en el juicio a la ESMA, mirarlos de frente, pero ni siquiera siento odio. Me parece que odiar no alcanza en este caso, tanto es el daño, que los sentimientos que conocemos se vuelven miniaturas, no dan abasto. Tal vez por eso, aunque apoyo el proceso legal, no siento odio personal. Aunque juzgarlos sea indispensable, no pienso que con eso se pueda cerrar el caso. Porque no es que alguien mató a mis parientes y entonces siento que se hace justicia cuando el culpable es sentenciado. Se trata de un plan genocida y seguiremos siempre sin saber cómo asesinaron a cada uno. La dimensión de lo acontecido hace que el odio no alcance. Además, no les vi la cara a mis torturadores y no fui violada sexualmente: aunque todo es una violación, desde el momento del allanamiento. Si no fuera así, tal vez mi reacción sería distinta.

Quiero agregar que, a diferencia de lo que se suele pensar, la experiencia de declarar en un juicio público es muy reparadora para los testigos porque su palabra tiene el peso que le otorga la ley, y las condenas surgen a raíz de los testimonios. Es muy importante para la sociedad que los juicios se lleven a cabo, y que la gente se entere. Pero hay un solo diario que difunde estas sesiones judiciales como corresponde Página 12. El que no lo lee y no se entera por internet y no ha presenciado una audiencia por otros motivos, tiene pocas posibilidades de enterarse que los juicios siguen llevándose a cabo. Y son históricos.

Usted acude a veces a los antiguos centros de detención para participar en diversos eventos. ¿Le recuerdan mucho lo que le pasó bajo la última dictadura?

Aquellos lugares han sido trasformados en centros culturales o museos, en los que se presentan conferencias, debates, actividades artísticas. Por lo tanto, en gran parte ha cambiado la atmósfera. Pero no me resulta fácil volver a los espacios donde se torturaba, aunque se hayan modificado levemente, como en la ex ESMA, a raíz de la museificación. Sin embargo, llevo a estudiantes de la Universidad de Middlebury, que vienen a Buenos Aires para completar sus maestrías de español, a un par de centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, como se conocen acá, para que conozcan el lado oscuro de la ciudad y de nuestra historia.

En Argentina se hizo mucho trabajo en el campo de la memoria, algo que no ha sido nada fácil ni se podían anticipar sus resultados ¿A qué se debe la vitalidad del tema?

La Argentina es un lugar bastante excepcional porque hay una fuerte cultura de la resistencia que siempre se reinventa. En este caso, además, no se trata para nosotros de una historia remota. Los años 70 están presentes a diario, han marcado a varias generaciones, y la recuperación de la memoria es un proceso largo y complicado.

En los años 80 hubo juicios, pero solo contra los responsables máximos del terrorismo de Estado, a los que se juzgó no por crímenes de lesa humanidad, ya que el concepto no existía en nuestra justicia penal, sino por crímenes seriales. Bajo la presidencia de Menem se retrocedió enormemente: el gobierno declaró las que llamamos Leyes de Impunidad, es decir, Punto Final (1986) y Obediencia Debida (1987), después decretó la amnistía. Cuando no se podía condenar legalmente a los responsables, los organismos de derechos humanos buscaban salidas para mantener el tema vigente, y se inventaron formas alternativas de militancia. Los hijos de los desaparecidos promovieron la justicia social contra los represores marcando sus casas con escraches. Al mismo tiempo se convocaron juicios por la verdad en los que los acusados tenían que declarar, aunque no hubiera condena.

En 2003, cuando Néstor Kirchner fue elegido, asumió la responsabilidad por los crímenes cometidos por el Estado y se hizo eco de los reclamos de los organismos de derechos humanos que resistieron las políticas de borramiento desde los inicios de la dictadura con una persistencia y una potencia sin parangón. También inició su mandato con otros gestos simbólicos cruciales: en 2004, en una de las galerías del Colegio Militar, ordenó bajar los retratos de los militares que se habían autodenominado presidentes: Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone. Por otra parte, la ex ESMA fue trasformada en Museo de la Memoria y abierta al público, y se celebró un acto en el que hablaron hijos de desaparecidos que nacieron en aquel centro clandestino de detención. De este modo se generó una legitimación del movimiento de derechos humanos y del relato que dice que en Argentina hubo un terrorismo de Estado y crímenes de lesa humanidad y no guerra sucia. En breve, ese gobierno inició una política oficial de derechos humanos con actos fundacionales.

Pero eso significa también que la lucha llegó a ser más partidaria.

El apoyo por parte del gobierno dividió a los militantes de derechos humanos: mientras muchos apoyaban estas políticas, otros no querían identificarse con el gobierno. Era una situación muy difícil. El problema es que sin apoyo oficial se demoran los juicios, se dificultan proyectos de los organismos que necesitan financiación, se dificulta la enorme actividad de estas organizaciones.

¿Qué posiciones defienden los distintos organismos de derechos humanos?

No puedo sintetizar en unos pocos minutos la variada y enorme actividad de cada uno, pero en líneas muy generales, las Abuelas de Plaza de Mayo se abocan a la búsqueda de los nietos desaparecidos (o sea apropiados, ya que sus madres eran sistemáticamente asesinadas en los campos al dar a luz y sus hijos robados como “botín de guerra”). La Asociación de Madres de Plaza de Mayo, cuya presidenta es Hebe de Bonafini, y Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora buscan a sus hijos desaparecidos. Los dos grupos de Madres se han divorciado, digamos, sin embargo, todos los jueves a las 15:30 horas van a la Plaza de Mayo y marchan en el mismo círculo.

La división de las Madres se puede atribuir a varios factores: cuando se hicieron las primeras exhumaciones de los restos de los desaparecidos en tumbas anónimas que se fueron descubriendo, el grupo liderado por Hebe de Bonafini se opuso. Su idea era que, si algunas madres descubrían cómo habían muerto sus hijos y daban con sus cuerpos, iban a hacer su duelo privado y a abandonar la búsqueda de los demás. Hay que tener en cuenta que el movimiento ha socializado la maternidad, y eso significa que todas las Madres reclaman por todos los hijos desaparecidos. Pero algunas no aceptaron renunciar a conocer la historia que cuentan los huesos y hacer su ceremonia y aseguraban que no dejarían la lucha. Sin embargo, no hubo forma de ponerse de acuerdo. Por otro lado, la Asociación Madres de Plaza de Mayorechazó la reparación económica que ofreció el Estado y, como las posiciones eran muy encontradas, los grupos se separaron. Otras organizaciones también se dividieron: algunos H.I.J.O.S. -Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio- se fueron a trabajar con Abuelas. Es imposible evitar reacciones emocionales fuertes cuando se está lidiando con las marcas de un genocidio. Es inevitable que haya roces y conflictos y que no se logre negociar.

De todos modos, cada “organismo” tiene su campo específico de acción: las Abuelas encaran un sinfín de actividades ligadas a la búsqueda de los nietos, que ha derivado en investigaciones genéticas -se creó un índice de abuelidad para identificarlos, se dictaron leyes que regulan cómo actuar cuando se identifica a uno y qué medidas tomar con el apropiador, etc.-; las Madres circulan todas las semanas en la Plaza de Mayo y se hacen presentes en las luchas de resistencia que se llevan a cabo hoy en día, en los juicios, y acompañan a movimientos de resistencia que las convocan; el organismo Familiares lleva a cabo actividades similares desde los inicios de la dictadura, aunque con otro perfil; los H.I.J.O.S. están comprometidos con la búsqueda de la historia de sus padres y con formas de militancia simbólica como los escraches, intervenciones públicas que cesaron con la iniciación de los juicios; los Hermanos buscan a sus hermanos y hermanas; el Centro de Estudios Legales y Sociales reúne abogados, realiza denuncias e investigaciones ligadas a los derechos humanos, y en esa medida participa en los juicios; la agrupación de ex detenidos desaparecidos, que reúne a algunos sobrevivientes, también colabora muy de cerca en los juicios a la par de otros familiares y ex detenidos desaparecidos colaborando con las fiscalías en la búsqueda de información. Finalmente, la Asociación Permanente por los Derechos Humanos o APDH, que se constituye con el encuentro de muchos sectores de la sociedad, se abocó, desde antes de la dictadura, a una resistencia pública y política a nivel internacional.

 Lo más importante es que en la Argentina el movimiento de derechos humanos se extendió de un modo rotundo, con una perseverancia notable. Por ejemplo, los vecinos que formaron Barrios x la Memoria y la Justicia siguen colocando baldosas en homenaje a los desaparecidos e investigan casos que luego pueden judicializarse. Todos los grupos comparten una misma determinación basada en la imposibilidad del perdón y del olvido. Cuando, en rememoración de la fecha del golpe militar, se hace la marcha del 24 de marzo, uno puede verificar el resultado de esta enérgica transmisión al ver niños capaces de responder con claridad por qué asisten: para garantizar que no vuelva a haber gobiernos autoritarios ni desapariciones.

¿Inspiró la política de la memoria argentina otros países de la región?

Los que luchaban por los derechos humanos en Argentina esperaban que su estímulo se diseminara por otros países, pero en gran medida no fue así. En Chile, el primer gobierno de la posdictadura determinó que iba a hacer justicia solo dentro de lo posible. Si bien hay grupos empeñados en el tema, que han transformado varios campos de concentración en espacios de memoria, si bien Michelle Bachelet creó un Museo de la memoria y se ha juzgado a algunos responsables de los crímenes del Estado pinochetista, este tema no se ha encarado con tanta fuerza como en la Argentina. En Uruguay, donde gobierna el Frente Amplio, fundado por militantes de izquierda que fueron miembros de Tupamaros, la guerrilla urbana uruguaya de los setenta, un plebiscito votó a favor de la amnistía y solo en 2011 se derogó la ley de caducidad, que posibilitó el juicio a los militares a partir de entonces.

Una pregunta personal para terminar: ¿siempre pensó en regresar a Argentina?

No. Durante muchos años, aunque no terminaba de arraigarme, sentía un gran resentimiento con un país donde el genocidio había sido posible. Las secuelas de estos crímenes no podían superarse, ya que mi familia había sido mutilada y me habían desterrado de mi mundo. Pero como también me sentía exiliada en los países donde viví, porque no conocían mi historia y no podía compartir con otros mi necesidad de lidiar con el horror, empecé a querer volver para estar cerca de mis pares. Y en la medida en que retornaba y descubría la lucha inclaudicable de los movimientos sociales, me volví a enamorar, al menos de esa parte de la Argentina.

Se lo pregunto porque en su libro alude al antisemitismo que se manifestaba en ciertos centros clandestinos…

En el Club Atlético había simbología nazi. Diría que algunos sectores de la sociedad fueron formados en escuelas donde se compartía esa ideología, pero no se trató de un fenómeno masivo. Nunca pensé que Argentina fuera un país antisemita per se, aunque el antisemitismo siga enquistado en ciertos ámbitos del poder. Por algo se destruyeron todas las pruebas de la mayor masacre contra judíos -85 personas muertas y 300 heridas- contra la Asociación Mutual Israelita Argentina de Buenos Aires en julio de 1994. Se trató de uno de los mayores ataques terroristas ocurridos en la Argentina y hasta el día de hoy no se avanza en la investigación. Y es lamentable que la DAIA, organismo oficial que representa a la derecha del judaísmo local, apoye medidas que nada tienen que ver con el esclarecimiento de la masacre.

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